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Hace
unos días recibí en mi buzón electrónico un mensaje de un lector que me
preguntaba por la idoneidad de dos palabras que escuchó en la televisión
local. Esta persona se preguntaba si decremento y concretizar eran
palabras correctas en español.
Efectivamente ambas palabras son válidas
según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE). Decremento
aparecía en el contexto de la disminución de turistas llegados a la isla en
algún mes; y el diccionario, en la entrada de esta palabra, aporta simplemente
el sinónimo, disminución. Para concretizar, lo mismo: el DRAE
remite a su sinónimo, concretar. Por tanto, ambas palabras, a pesar de
ser perfectamente correctas, no cuentan con una definición propia (aunque pudiéramos
denominar a la sinonimia como método de definición, nos referimos a una
proposición que exponga con exactitud los caracteres de una cosa) en el
diccionario, sino que son remitidas a otras más simples y con sus respectivas
definiciones.
Lo que queremos explicar con ese párrafo
es que el hablante que pronunciaba estas palabras ha empleado vocablos que no se
utilizan habitualmente en el lenguaje hablado formal o informal y que por ello
pueden resultar de difícil comprensión. Como le pasó a nuestro lector,
posiblemente le ocurriera a más lectores, e, incluso, a más de uno se le
escapara el mensaje que trataba de transmitir del susodicho. Por tanto, éste
habría fracasado en parte con su discurso por haber puesto unas fronteras que
hicieron al espectador parar un momento a pensar o ir hacia atrás para intentar
comprender todo el texto.
Así pues, nos preguntamos, ¿por qué
utilizar palabras complicadas no conocidas por todos, teniendo en nuestro rico léxico
español infinidad de vocabulario útil y conocido por todos? Un psicólogo
(citado por el terminólogo alemán Reiner Arntz en su libro Introducción a
la terminología) me dio la respuesta hace unos meses; comentaba en ese
libro que las personas que hacen uso de un vocabulario extremadamente complejo e
ininteligible buscan, o encuentran inconscientemente, uno o los dos objetivos
siguientes: a) ocultismo de su mensaje por, por ejemplo, inseguridad; b) afán
de hablar con propiedad.
Habría que añadir también que
crear un texto sencillo, que es aquel que no ofrece dificultad y hace que un
texto sea propio, resulta no tan fácil como podría parecer, pues no es solo el
vocabulario lo que lo hace sencillo, sino también las estructuras sintácticas,
complicado trabajo del que hablaremos en otro momento.
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